Hablando de homeopatía

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Homeopatía: Teorías de ayer para desarrollar los medicamentos de mañana

Hace un par de años estuve reunido con varios decanos y directores de departamento en una Universidad de Bogotá. Tuve la oportunidad de conocer algunos de los problemas que se les plantean en el desarrollo de nuevos medicamentos a partir de la flora autóctona del país. Me sorprendí recurriendo a mis conocimientos sobre teorías desarrolladas hace más de 200 años en torno a una terapia no convencional para tratar de dar respuesta a dos de los nuevos problemas planteados; que, de hecho, son precisamente el primer y último paso de la cadena.

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En primer lugar, ¿cómo descubre uno para qué podría servir tal o cual planta o alguna de sus partes? ¿Y de qué manera prepararla? Hay varias maneras como, por ejemplo, la farmacognosia que se fija a menudo en el uso tradicional de dichas plantas fruto de la experiencia acumulada a lo largo de muchos años por los habitantes de aquellas tierras.

Después de eso, crear hipótesis sobre el posible uso terapéutico de un principio activo contenido en una planta es un proceso empírico largo: solo queda ir experimentando con cada sustancia en cada célula y cada receptor celular o reacción química para ver qué pasa. Eso es solo el comienzo, queda un largo camino hasta llegar a descubrir cómo utilizarla en una enfermedad, y mucho más hasta comprobar su eficacia en las personas que puedan llegar a necesitarlo.

Hace falta mucho esfuerzo, algo de intuición y algo de suerte también, porque la ciencia no sería la que es sin serendipia. Y ahora que tenemos el principio activo prometedor, toca hacerlo ponerlo a disposición de la población: fabricarlo en grandes cantidades y distribuirlo con agilidad.

Una pequeña planta que crece en alguna parte de un lugar poco accesible (por eso su utilización es innovadora), implica que no es tan fácil disponer de suficientes cantidades, y es casi imposible conseguirla sin producir importantes daños ecológicos a un espacio que, precisamente, se trata de proteger. Una situación que se parece mucho a un puzle sin solución a la vista.

Además, su fabricación puede llevar un tiempo del que no dispondremos en situación de urgencia, por ejemplo ante una epidemia. Ya pasó con el anís estrellado que sirve de base para el Oseltamivir, droga de referencia ante la epidemia de gripe A. Y todavía habría que distribuirla entre la población a un precio asequible (para la población o para el gobierno); y por favor, que no requiera inyecciones porque quizás muchos no las aceptarían.

Hasta aquí los problemas. ¿Qué hay de las soluciones?

Hace 200 años el químico y médico S. Hahnemann se propuso depurar el vademécum de la época, formado por muchas mezclas de sustancias que, además, eran bastante tóxicas. Pero entonces no existía la fármaco-vigilancia ni se supeditaba la administración de una droga a la demostración de la eficacia.

Intuición y experimentación, decíamos al principio. El resultado de su genialidad se resume en el título de una publicación en la “Revista de Farmacología Práctica y Cirugía” de 1796: “Ensayo sobre un nuevo método para descubrir las virtudes terapéuticas de las sustancias medicinales”.

El método consistía en observar los efectos tóxicos de las sustancias, porque los efectos terapéuticos probablemente estarían relacionados. Hoy sabemos mucho más, y podemos entender que esta aparente inversión de efectos es muy frecuente y conocemos por qué y cómo se produce: la acción de una sustancia en los sistemas en equilibrio (sanos) es diferente de la que tiene sobre los sistemas en desequilibrio (enfermos), por varios mecanismos que incluyen las respuestas de adaptación de los organismos. Estas respuestas varían dependiendo de la sensibilidad de cada individuo, por eso de vez en cuando parecen reacciones paradójicas para despistar a los científicos y a los médicos. Estamos hablando de anfetaminas para la hiperactividad, de betabloqueantes para la insuficiencia cardíaca… También estamos hablando de hormesis. Y estamos hablando, sobre todo, de homeopatía.

Si observar los efectos que las sustancias extraídas de las plantas autóctonas de Colombia puede ayudar a determinar cuáles serán sus efectos terapéuticos, entonces podemos acelerar enormemente el conocimiento que adquirimos de las posibilidades terapéuticas de estas sustancias. Siempre teniendo en cuenta una forma particular de prepararlas (porque administradas tal cual, suelen ser tóxicas de una forma demasiado inespecífica como para aprender de ese proceso) y factores que determinan una sensibilidad diferente de unos sujetos de experimentación a otros (por ejemplo un perfil epigenético diferente, una expresión diferente de sus genes). Más aún, su método incluía la detección y descripción de los “buenos respondedores, relacionando los sujetos más sensibles a las mínimas dosis de la sustancia, de modo que se podría mejorar el uso terapéutico de la misma.

El Dr. Hahnemann decidió también a efectuar diluciones de las sustancias empleadas con el propósito de no morir al experimentar primero sobre sí mismo y su propia familia y compañeros. La forma más fácil de controlar el proceso de dilución es hacerlo de forma seriada, así uno dispone de desconcentraciones sucesivas y puede experimentar diferentes concentraciones de forma sucesiva y sistemática. También decidió agitar las sustancias entre una dilución y otra, y de hecho lo hizo por motivos filosóficos más que científicos (corriente vitalista de centroeuropa). Pero tuvo una repercusión muy afortunada y muy científica: la liberación de nanopartículas de la sustancia original, y la formación de nanoburbujas de gas, que permiten la creación de estructuras estables en el agua gracias a su disposición en capas planas sobre las burbujas y alrededor de las nanopartículas liberadas. Hoy este fenómeno sigue dando que pensar a numerosos científicos, algunos de los cuales discuten acaloradamente al respecto, mientras otros como el premio nobel Luc Montagnier ya lo utiliza para diagnosticar y tratar pacientes con diversas enfermedades.

Este método que usa la homeopatía para fabricar los principios activos permite disponer de grandes cantidades de medicamento utilizando pequeñas cantidades de materia prima. ¿No suena a una solución para el reto de la accesibilidad?

A la población, un medicamento con muy escasa toxicidad, facilidad de conservación y transporte, y que para colmo sabe bien, también le interesa. Pero le interesa sobre todo si, más allá de las teorías que acabo de contarles, en la práctica funciona.

Así que ahora os contaré otra historia, una que sucedió hace unos años en Cuba en 2007 y que fue posible gracias a los doctores Concepción Campa y Gustavo Bracho, entre otros, y al Instituto Finlay. Al no poder fabricar y distribuir una cantidad de vacuna suficiente para la leptospirosis que amenazaba la isla tras el azote de un huracán, decidieron intentarlo mediante la versión diluida-dinamizada propia de la homeopatía, y el principio activo fue administrado a 2,3 millones de personas que habitaban en la parte más afectada.

El resultado, publicado en 2010 (Bracho G 2010), fue en primer lugar el de conseguir una cobertura del 92% contra una cobertura del 0,6% lograda por la vacuna habitual. La región tratada con homeopatía experimentó una reducción de la incidencia de leptospirosis del 84% mientras que la zona no tratada sufrió un incremento del 21,7% incluso cuando el riesgo de infección se mantuvo alto en la zona de intervención. Lo que es más, la relación documentada entre las lluvias y la enfermedad, que había sido estable hasta 2007, se rompió en 2008 sólo en la zona tratada.

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Viejas teorías. Nuevos problemas. ¿Somos capaces de relacionarlos para obtener soluciones creativas eficaces? ¿O las rechazaremos solo porque las teorías son viejas, o porque las soluciones son tan creativas que desafían nuestros paradigmas?

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